Una radiografía de la sexualidad moderna

Te cuento seis razones por las que el placer se nos escapa entre los dedos:  

Parece un chiste de mal gusto: vivimos en la época con mayor libertad de la historia, pero los niveles de satisfacción y deseo están en mínimos. 

¿Qué está pasando en nuestra cabeza? ¿No se supone que estamos en la era de Tinder y la hiperconexión? Entonces, ¿por qué la calidad y frecuencia de nuestros encuentros sexuales está en mínimos históricos? 

Aquí tienes las claves para entender por qué, a veces, querer disfrutar es precisamente lo que nos impide hacerlo.

1. La trampa del «tengo que»

Hemos pasado de la represión –el sexo es pecado– a la obligación –el sexo es salud/éxito–, y todos sabemos que el mayor enemigo del placer es la obligación. Hemos convertido el sexo en una especie de «mantenimiento preventivo» o en una prueba de rendimiento. Y es que, en el momento en que el disfrute pasa a ser una tarea en la lista de deberes para ser una persona sana o exitosa, el instinto se apaga. Que no se nos olvide, el deseo es rebelde: no responde a órdenes, sólo a la curiosidad.

2. El efecto «espectador»

Uno de los bloqueos más comunes ocurre cuando nos dividimos en dos: la persona que actúa y la persona que mira. Si mientras estás en la intimidad estás pensando en si lo haces bien, en cómo se ve tu cuerpo o cuánto falta para el clímax, te has convertido en un juez de ti mismo. Y nadie puede disfrutar de un banquete si tiene a un crítico evaluando cada bocado. Si durante un encuentro sexual, te relacionas más con tu ego que con la otra persona… malo, malo. 

3. La paradoja del control

El placer es un proceso espontáneo, como el sueño o el hambre. Intentar controlar voluntariamente una respuesta fisiológica (como una erección o un orgasmo) es la forma más rápida de bloquearla. Es como intentar dormir concentrándote mucho en dormir: cuanto más te esfuerzas, más te desvelas. ¿Te sabes esa de “no pienses en un oso blanco”? (o popularmente, elegante rosa, lo que prefieras). inténtalo, a ver si lo consigues… 

Si te interesa este tema, te aconsejo buscar en Google la Teoría del Proceso Irónico, del psicólogo social Daniel Wegner, mola mucho.  

4. La anestesia digital

Nuestra mente está saturada. El exceso de estímulos visuales y la gratificación inmediata de las pantallas han subido tanto nuestro «umbral de excitación» que la realidad, con su ritmo más pausado y sus imperfecciones, nos sabe a poco. Hemos olvidado cómo cocinar el deseo a fuego lento porque nos hemos acostumbrado al microondas digital. Al final del día, el cerebro busca el camino de menor resistencia: es más fácil mirar memes que conectar íntimamente con otra persona. 

¿No crees que la pornografía ha tenido que ver un poquito con esto? Cuerpos, situaciones, e inmediatez que distan mucho de la realidad, de lo natural, de lo cotidiano. 

5. El miedo al fallo

Vivimos en una cultura que penaliza el error. En la cama, esto se traduce en miedo a «no dar la talla», lo que activa nuestro sistema de alerta. Cuando el cerebro detecta peligro (aunque sea el miedo a quedar mal), desconecta el placer para prepararse para la lucha o la huida. El miedo y el placer no pueden vivir en la misma habitación.

¿También hay que ser perfecto en esto? ¿Y qué se supone que es lo perfecto? ¿Quiénes son nuestros referentes? 

6. La muerte del misterio

El deseo necesita distancia. Hoy en día, la transparencia total y la exposición constante en redes sociales eliminan ese «espacio de sombra» donde nace la seducción. Si no hay nada que descubrir, el interés decae. Todo el mundo sabe todo del resto, constantemente. ¡Es agotador!

Conclusión, queridxs amigxs: Para recuperar el disfrute, la estrategia no es esforzarse más, sino esforzarse menos. Se trata de abandonar la búsqueda de resultados y volver a conectar con el juego. Al final del día, el placer no es una meta a la que llegar, sino un camino que solo aparece cuando dejas de mirar el mapa.

De lo contrario, seguiremos siendo la generación que “lo hace” menos que sus abuelos. ¡Vaya tela! 

Abrazos, 

Sara 

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